La banda del Kiosko de la Lupe

Leonardo Herrera
Creado: 22/6/2002
Última Actualización: 21/9/2004

Uno conoce mucha gente a lo largo de la vida, qué duda cabe. Pero, habitualmente, aquellos con los que uno pasa la mayor cantidad de tiempo terminan convirtiéndose en algo especial. Eso pasa con los compañeros del colegio, pero se ve también con los compañeros de la Universidad.

En cualquier universidad, supongo, debe haber el mismo tipo de gente. La variedad más conocida son los hijos de vecino, alumnos de escuelas fiscales, de hábitos regulares: estudiosos, responsables con sus clases, pero sin ser santos; esto último es importante, pues uno suele tener varios amigos de esta clase.

La segunda variedad es más rara, pero toda buena universidad tiene su cuota. Son los mateos, los estudiosos, con cierta falta de amor propio, recatados. Los "nerds", usualmente feos, con pocas nociones de estética, con mochilas gigantescas, diez volúmenes de la biblioteca, y con el pelo seboso. Esto último es mandatorio, eso sí. Uno tiene que conocer a uno o dos de éstos si quiere tener un éxito moderado en los estudios; después de todo, si no entiendes algo, acudes a estos ayudantes en potencia, quienes la mayoría de las veces se mueren por ayudarte (yo creo que es por soledad, más que otra cosa).

Existe una tercera variedad: los especímenes. Éstos, usualmente, son menos proclives a los estudios, aunque no son tontos. Probablemente destaquen sobre el resto en alguna actividad académica, pero no son brillantes ni dedicados. En nuestra carrera, usualmente los que destacaban en ramos relacionados con el área de especialización -en nuestro caso, ciencias de la computación- eran especímenes. Algunos eran locos, otros humoristas, unos borrachos, otros petulantes. Todos los que terminaron su carrera lo hicieron, en promedio, tres o cuatro años después de lo debido. Algunos se demoraron un decenio; otros egresaron y tienen su memoria "ahí", bien, gracias. Un buen porcentaje jamás terminaron; debo decir, tristemente, que soy de estos últimos.

Un lugar de preponderancia, durante mi estadía en la U, fue el Kiosko de la Lupe. Ahí nos reuníamos, tarde tras tarde, a no hacer nada. Un par de veces veíamos a alguien estudiando. El resto, nos pasábamos hablando del último procesador salido al mercado, o del computador que se compró algún adinerado compañero.

- Oye, acompañé a la Andrea a comprar su computador- dijo el Sopi.
- ¿Sí? Ya, vamos a tener que ir a probarlo. ¿Qué tal es?
- Es un monstruo; es un 486 DX-66, con 16 megas de RAM.
-¿¿16?? ¿Y para qué quiere tanto?

Donde la Lupe pasaron muchas cosas. Mirábamos a la niña que atendía, hasta que el Dany se la llevo. Veíamos llegar al mismo Dany, orgulloso en su moto. Ahí estábamos el día que llegó a pie, y casi lloraba porque se la habían robado. Cerca del mismo Kiosko el Mito le puso un puntete al Warrior porque era pesado. Comentábamos las peripecias del mud. El pelao y el Clark se dedicaban a burlarse de nuestra afición; quien los viera, un par de meses después, cuando pasaban días conectados.

En el mismo kiosko vimos llegar incontables veces al Carlitos contando alguna barbaridad que había hecho o sobre el último trabajo del que lo habían despedido. Escuchábamos a Arturo contar las historias de su viejo, que es ex-militar, varias veces. Esta costumbre aún la tenemos, cuando nos juntamos a comer algo; no nos aburrimos con su historia de "¿y si volaba, mi Capitán?". A veces veíamos al Mako, tan calladito él, tirar la talla precisa. O molestábamos al Claudito, que nos juraba que él no era cuico. Vimos hacer malabares al Tuto, que fué al primero que ví con la moda que hoy azota los semáforos.

Nos escondimos dentro del Kiosko varias veces, cuando las lacrimógenas llegaban a metros de nosotros. En otras ocasiones, mirábamos las notas, lamentándonos de alguna tontera que habíamos cometido. Pelábamos a los profes -"esho no esh trivial, oye gallo"-. Nos preguntábamos cuál sería la vida oculta del Pelao. Nos reímos del Abdi, cuando andaba echándose base de maquillaje en el ojo que un micrero le puso en tinta. El Pelao Jorge nos contaba de sus sueños de trabajar en el área académica, y el Quijote exponía sus planes de conquistar el mundo mediante el expediente de... vender dados. Confieso que fui el gestor de la idea, pero abandoné el buque antes, si tan gil no soy.

Era en el mismo kiosko cuando pasaba el Willy, como al mediodía, y me largaba un profético "como a las 4 vai a estar borroso". Hasta ahí llegaba el Marciano, el Bernardo, el Pollo, el Eloy, el Axel... incluso el Joao, también conocido como Picotazo.

A veces, pienso que tengo más recuerdos del Kiosko de la Lupe que de la universidad en sí. Debe ser porque ahí lo pasé muy bien, y además, era el punto obligado de reunión. Llegábamos ahí antes de clases, volvíamos ahí después de clases.

Hoy estamos todos cambiados. Todos trabajando, preocupados de sus cosas, más guatones. Pero aún nos juntamos de vez en cuando, y algunos suertudos trabajamos juntos. Espero que no se arranquen estos sueltos, miren que necesito los pitutos, porque mi currículum pesa menos que un paquete de cabritas sin ningún título universitario que lo rellene. O eso, o que el Carlitos me haga uno, y le ponga 100% hardware.

Hoy la Lupe sigue en el Kiosko. Cuando de repente nos dejamos caer, aún contamos las mismas historias viejas, y nos preguntamos que será del resto. Será que nos estamos poniendo viejos. El Linford sigue igual, en todo caso.

Nota Extra: Marito estaba toda sentida por que no lo nombré. Aquí saldaré mi omisión: ¡Mario mamá!

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