Rimnaed

Leonardo Herrera
Creado: 10/1/2003
Última Actualización: 21/9/2004

Dejadme contaros una historia que me gusta contar, pues ya nadie recuerda los años de la Magia, y los jóvenes creen que son inventos de viejos y locos. Por Eör, alcancé a ver a los Magos antes de que desaparecieran en el Abismo, y mi padre me contó algunas historias. De éstas, siempre he recordado la historia que cuenta de cómo los hombres de Rheimfhald desaparecieron de la tierra de Eör.

Eran años nuevos, el mundo era más brillante y alegre; los hombre habían despertado recientemente, y trabajaban alegremente guiados por Airiad, la Dama Azul, quien puso virtud en sus corazones. Pero vino el tiempo en que Oustmö, uno de los hijos de Eör quiso jugar con los recién llegados, y tocó con su mano el corazón de un recién llegado, Orstëb, entregándole parte de su llama. Fué así que Orstëb se hizo poderoso entre los hombres, pues podía invocar las fuerzas que servían a Eör. Llegó a crear un reino, cuya capital, Iluhersad la Blanca, tenía mil banderas azules y llegó a ser la ciudad más hermosa del mundo conocido.

Sin embargo, a pesar de que el corazón de Oustmö no conocía la maldad, los recién llegados no eran hijos de Eör, y la carne del hombre no es pura: la llama de Outsmö, que no es otra que la mismísima llama de Eör, comenzó a quemar el corazón de Orstëb, y éste se volvió negro como el carbón. A pesar de que los años pasaban, y los hombres cambiaban, la llama de Eör mantenía vivo a Orstëb aún cuando los hijos de sus hijos ya no estaban en el mundo. El amar y perder a sus seres queridos terminó de ennegrecer el corazón de Orstëb, y volvió su vista hacia el Occidente, donde otros Reinos cohabitaban en los dichosos años del Inicio.

Fue así que los Magos llegaron al Mundo. Orstëb poseía los conocimientos y la esencia de Eör; le enseñó a los más aptos de las Casas de Iluhersad a manejar la llama de Eör, y les dió parte de ésta. Creó ejércitos, innumerables y altivos, y puso a su cabeza a los Magos. Con estos poderosos ejércitos conquistó tierras más allá de todo lo conocido, y pronto fue Señor del Mundo.

Sin embargo, su alma no encontraba descanso. Deambulando por las tierras de Theimstaad, en la rivera del Bhas, fue que vió a la hija de Erhed el Viejo, Ehreida. De inmediato la deseó; y resolvió hacerla suya,  raptándola y llevándola a su campamento. Sin embargo, Ehreida le despreció, y Orstëb, enfurecido, la hizo atar, desnuda, y la castigó duramente, donde murió, no por el castigo de la carne, sino por las heridas de la pena y la vergüenza.

Cuando supo esto, Ehred lloró amargamente, y con él su pueblo, durante diez días. Los Rhomed le tenían por Rey, aunque pequeño era su reino, y había sido despreciado por Orstëb. Un clamor se levantó, y cada uno de los guerreros de Rheimfeld se puso una armadura, que oscurecieron con betún, en señal de duelo por Ehreida. Levantaron oscuros estandartes, y con sus rostros sombríos por el dolor y la rabia, emprendieron la marcha hacia el campamento de Orstëb.

Orstëb supo esto, pues podía ver más allá, incluso a través del corazón de los hombres. No se preocupó, sin embargo: nunca un ejército había podido oponerse a sus designios, y había aplastado inmisericorde cientos de reinos de hombres. Los hombres de Rheimfeld eran unos cuantos miles; el ejército apostado en Theimstaad tenía más de 10 mil hombres, y además contaba con la magia de la llama de Outsmö.

Desplegó Orstëb su ejército, enviando dos columnas de arqueros a las colinas que enmarcaban el valle del Bhas, preparando la emboscada. Usando sus artes, supo por donde venían los Rhomed. Se alegró, pues éstos venían en una única columna, y marchaban sin descanso. Anticipó que la lucha sería corta y sangrienta, y ordenó a sus hombres a no dejar a ningún Rhomed con vida.

Al despuntar el segundo día, se vió por la entrada del valle del Bhas enfilar a los hombres fieles a Erhed. Negras eran sus armaduras; negras sus túnicas, negros sus estandartes, pero blancos y terribles sus rostros. Marchaban a paso ligero, como si no conociesen el cansancio, y sus ojos destellaban odio por aquel que había arrebatado a la más pura flor del reino de Rheimfeld. Las negras espadas reposaban en las manos de estos guerreros, y quienes lograron verlos temieron pues veían en ellos el fuego de Airiad, quien había llorado al ver el odio en los corazones de sus hijos predilectos. Las lágrimas de la Dama Azul habían caído en forma de lluvia sobre ellos, y se sintieron reconfortados y protegidos,

Y así la columna entró en el valle, y deteniéndose a corta distancia del ejército de Ortsë. Un joven guerrero, Yibbod, cabalgó hacia donde se encontraba Ortsë, quien le observaba atentamente. Habló Yibbod, quien a pesar de su corta edad tenía el porte de un gran guerrero, y dijo "Salve, Señor de Ortsë, Portador de la Llama, Conquistador de Hombres y Calamidad de Reinos. Hemos venido con gran pesar y dolor, pues nos quitásteis la flor más bella y la alegría del Reino; y no dejaremos este campo sino hasta haber recibido una compensación de vuestra parte". "Duras palabras traes, hijo de Rheim, y veo la pena y el odio en tu corazón. Pero yo soy el Señor de Todas las Tierras: no necesito explicar lo que hago, ni nadie me puede impedir tomar lo que me plazca. Volved ahora a vuestro Reino, y quizás no destruya vuestra descendencia".

"Sea, entonces", dijo Yibbod, y volvió a grupas hacia su puesto.

Al ver esto, Airied lloró aún más, y una extraña lluvia bajó por las colinas. Y los arqueros que Ortsë no pudieron ver nada; la lluvia los cegó, y tuvieron miedo, y muchos se perdieron en las colinas. Ortsë trató de disipar la lluvia, como tantas veces había hecho para su favor: pero estas eran las mismísimas lágrimas de la Dama Azul, y nada pudo hacer. Sin embargo, no tuvo miedo, pues hacía años su sabiduría se había transformado en soberbia y amargura. Y ordenó entonces el ataque: los cuernos sonaron, y en el valle del Bhas rugieron las espadas y los espíritus.

Protegidos por la Dama Azul, los hombres de Ehred avanzaron, rodeados por cientos de enemigos, dando terribles golpes; y muchos de ellos eran abatidos, pero por cada armadura negra que caía, diez escudos blancos caían también. Y Ehred junto con su hijo Ehrdain y diez soldados se acercaron a la posición de Ortsëb, separándose del grupo principal; y éste, por primera vez en su vida, tuvo miedo. Posó su mirada sobre Ehred, y dejó caer el fuego de Eör sobre él, y Ehred murió; pero su puesto fue tomado por Ehrain, quién también cayó bajo el fuego sagrado. Uno a uno caían los hombres de la avanzada, pero no se detenían, movidos por el odio y protegidos por la tristeza de Airied. Y el último Rhomed de pie, cubierto por la sangre de decenas de hombres y la suya propia, descargó un mortal golpe sobre Orstëb, quien cayó, incrédulo, mientras la Llama le abandonaba. Y lo último que vió antes de morir, el rostro de piedra del guerrero que le asestó el golpe final, y reconoció a Yibbod, quien había amado más que ningún alma a Ehreida, la Bella.

Sucedió entonces que los pocos cientos de Rhomed que quedaban, al ver que Ehred y su hijo habían muerto, dejaron de luchar, y se dirigieron al sitio donde yacían los doce. Tomaron el cuerpo de Ehred, el de Ehrdain, y el cuerpo de Yibbod, quien había muerto poco después de Orstëb. Y levantando un lamento, un canto mortuorio, la Rimnaed, se marcharon del campo de batalla, ignorando a los miles de guerreros enemigos que aún quedaban en el lugar. Tan pronto como se hubo formado la caravana, volvió a caer la lluvia de la Dama Azul, y los Rhomed desaparecieron de la vista de los mortales.

De esto hace muchas eras, y de los Rhomed nada se volvió a saber. Desapareció su reino y su gente; sin embargo, en el Valle del Bhas, cuando la fina lluvia blanca cae, se escucha un clamor que los viajeros atribuyen al viento. Sin embargo, los que conocemos la historia, sabemos que es el lamento de la marcha funeraria del Rey Ehred el Viejo y de sus hijos, quienes cayeron luchando por amor a Ehreida, su hija bienamada.

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